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El alma apetitiva en Platón: definición, argumento y ejemplos

En resumen. El alma apetitiva es la parte deseante del alma tripartita de Platón: hambre, sed, sexo y, sobre todo, dinero. Aquí está el argumento, con ejemplos.

El alma apetitiva es la parte de nosotros que desea: comida, bebida, sexo, comodidad y, sobre todo, el dinero que lo compra todo. En la República de Platón es una de las tres partes del alma, junto con la razón y el ánimo. Su nombre griego es to epithymetikón (τὸ ἐπιθυμητικόν), de epithymía, “deseo” o “apetito”.

En la tradición escolástica española estas tres partes suelen llamarse alma racional, alma irascible y alma concupiscible. “Alma apetitiva” y “alma concupiscible” nombran lo mismo.

Si has llegado buscando _“el alma se compone de apetito, ánimo y __, la palabra que falta es razón.

Cómo demuestra Platón que el alma tiene partes

El argumento aparece en el libro IV de la República y parte de un principio que Platón considera evidente (436b):

Es imposible que una misma cosa haga o padezca cosas contrarias, en el mismo sentido, con respecto a lo mismo y al mismo tiempo.

República 436b · traducción propia

Una sola cosa no puede empujar y frenar en el mismo sentido y en el mismo instante. Si encontramos un caso en que una persona hace ambas cosas a la vez, esa persona tiene más de una parte.

El ejemplo de Platón es el del sediento que se niega a beber (439c). Algo en él lo empuja hacia el agua; otra cosa lo retiene. Por el principio anterior, no pueden ser lo mismo. El impulso es el apetito. La contención —la que calcula las consecuencias y concluye que el agua es mala— es la razón, to logistikón.

Ya van dos partes. La tercera cuesta más.

Por qué tres partes y no dos

Razón y apetito podrían bastar. Platón cree que no, y lo defiende con una historia más que con un argumento (439e–440a).

Leoncio subía del Pireo cuando vio unos cadáveres junto al verdugo. Quería mirar. Y al mismo tiempo se daba asco a sí mismo por quererlo. Luchó un rato y se tapó los ojos; luego el deseo venció, corrió hacia los cuerpos, se abrió los ojos con los dedos y les gritó:

¡Mirad, malditos, saciaos del hermoso espectáculo!

República 440a · traducción propia

Lo decisivo es contra qué se enfada Leoncio. Está furioso con su propio deseo. Esa ira no es apetito, porque combate al apetito. Tampoco es exactamente razón, porque es caliente, indignada, y llega sin calcular nada. Es el ánimo, to thymoeidés: la parte que siente vergüenza e indignación y que quiere ser honrada.

El ánimo es el aliado natural de la razón. En una persona bien ordenada ejecuta lo que la razón decide. En una mal ordenada, el apetito lo recluta para su bando.

Qué desea realmente la parte apetitiva

Casi todos los resúmenes se quedan en “los deseos corporales”, y eso se queda corto. El tratamiento completo está en 580d–581a: cada parte del alma tiene su objeto y su placer propios. La razón ama aprender. El ánimo ama la victoria y el honor. Y al apetito Platón lo llama philochrḗmaton: amante del dinero.

La afirmación es más fina de lo que parece. El apetito no es solo hambre y sed: es la parte que quiere el medio universal para satisfacer cualquier hambre. Busca el dinero porque el dinero compra lo que sea que desee después. Por eso Platón considera que el carácter adquisitivo y lucrativo está gobernado por el apetito, y no solo el glotón.

En 588c–e le da una forma memorable. Imagina el alma como tres criaturas fundidas en un cuerpo: una bestia de muchas cabezas, un león y un ser humano. El humano es la razón, el león es el ánimo y la bestia policéfala es el apetito: muchas cabezas porque nuestros deseos son numerosos, contradictorios entre sí y siempre brotando nuevos. No se negocia con un apetito. Se negocia con una multitud.

Apetitos necesarios e innecesarios

Platón no trata el apetito como algo simplemente malo. En 558d–559c lo divide en dos:

  • Apetitos necesarios: los que no podemos quitarnos de encima y cuya satisfacción nos hace bien —comida suficiente para vivir, descanso suficiente para funcionar.
  • Apetitos innecesarios: los que pueden educarse hasta desaparecer y que suelen perjudicarnos —la comida elaborada más allá del alimento, el lujo, el deseo de más cuando ya hay bastante.

Esa distinción pesa mucho después. La degradación del carácter timocrático al oligárquico, al democrático y al tiránico en los libros VIII y IX es, en el fondo, la historia de los apetitos innecesarios ganando terreno.

En el extremo (571c–572b) Platón describe los apetitos sin ley que afloran en los sueños, cuando la razón duerme: deseos de cualquier comida, cualquier acto, cualquier violencia. Todos los tenemos, dice. Lo que distingue a unas personas de otras es si se quedan en el sueño.

Ejemplos de la parte apetitiva en acción

  • El sediento que no bebe (439c): el apetito tira hacia un lado y la razón hacia el otro.
  • Leoncio y los cadáveres (439e): el apetito vence mientras el ánimo se enfurece con él.
  • Querer un tercer trozo sabiendo que lo lamentarás: el apetito necesario ya está satisfecho, el innecesario sigue exigiendo.
  • Quien acumula sin disfrutar nada de ello: el philochrḗmaton de Platón, persiguiendo el medio y no un fin concreto.
  • Despertar avergonzado de un sueño (571c): un apetito sin ley que la razón enjaula mientras estamos despiertos.

El paralelo con la ciudad

El argumento de Platón funciona en las dos direcciones. Las tres partes del alma se corresponden con tres clases de su ciudad (434d–441c):

Parte del alma Clase en la ciudad Virtud cuando cumple su función
Razón — logistikón Guardianes Sabiduría
Ánimo — thymoeidés Auxiliares Valentía
Apetito — epithymetikón Productores: labradores, artesanos, comerciantes Templanza

El apetito corresponde a la clase productiva, y no es un insulto: sin ella no hay ciudad. Para Platón la justicia consiste en que cada parte haga lo suyo y no lo ajeno. El apetito no debe eliminarse, sino gobernarse. Y tiene que consentir ser gobernado: en eso consiste la templanza.

Muchos resúmenes del alma apetitiva recurren a la imagen del auriga que lucha con un caballo blanco y otro negro y rebelde. La imagen existe, pero no es de la República: pertenece al mito del alma del Fedro (253d–254e), un diálogo distinto que argumenta otra cosa sobre el amor y el ascenso del alma.

Los dos esquemas riman —auriga para la razón, caballo blanco para el ánimo, caballo negro para el apetito—, pero la imagen del Fedro es un mito sobre el vuelo del alma y su caída en los cuerpos, mientras que la tripartición de la República es la conclusión de un argumento formal sobre el conflicto psíquico. Mezclarlos enturbia ambos. Si la pregunta es por la parte apetitiva del alma, el texto es la República.

¿Se corresponde con Freud?

De forma aproximada, y conviene hacer la comparación con cuidado. El ello freudiano se parece al apetito: irracional, insistente, buscador de placer. El superyó comparte algo con el ánimo, en cuanto produce vergüenza. Y el yo negocia, como hace la razón.

Pero el encaje es tosco. La razón platónica no es una mediadora: está hecha para gobernar y tiene un deseo propio, el amor a la verdad. El superyó de Freud es la prohibición social interiorizada, mientras que el ánimo platónico se acerca más al sentido del propio honor, y puede tener razón cuando la sociedad se equivoca. Como analogía ilumina; como equivalencia engaña.

Por qué la idea ha durado

El alma apetitiva sobrevive porque sobrevive la observación que la sostiene: deseamos cosas que no queremos desear. Cualquier explicación del autodominio tiene que dar cuenta de cómo es eso posible sin contradicción, y la respuesta de Platón —que el querer y el no querer pertenecen a partes distintas de nosotros— sigue siendo la forma que adoptan casi todas las explicaciones, se hable de partes del alma, de sistemas de la mente o de impulsos rivales.

Lo que Platón añade, y lo que las versiones modernas suelen dejar caer, es que el apetito tiene una reclamación legítima. El alma justa no es la que ha silenciado a la bestia de muchas cabezas. Es aquella en la que la bestia recibe lo que necesita y no decide adónde va la criatura entera.


Nota sobre las citas: las traducciones de la República que aparecen aquí son propias, no proceden de una edición publicada. Para citar en un trabajo académico conviene remitirse a una edición crítica —en español, la de Editorial Gredos— usando la numeración Stephanus, que es la misma en todas las ediciones.