La Apología de Sócrates: resumen, argumentos y por qué importa
En resumen. La Apología de Sócrates es el relato de Platón del juicio de 399 a. C.: la acusación, la defensa de Sócrates, la condena y sus últimas palabras. Resumen por partes, con los argumentos y las frases célebres explicadas.
La Apología de Sócrates es la versión de Platón del discurso que pronunció Sócrates ante el tribunal ateniense que lo juzgó en 399 a. C. y lo condenó a muerte. No es una “apología” en el sentido moderno de excusa: apología significa defensa. Y no es un tratado sino un discurso — el único texto de Platón donde Sócrates habla solo, largo y en su propio nombre, ante quinientos jueces y una ciudad entera.
Es el mejor punto de entrada a Platón. Se lee en una tarde, y en ella está todo lo que los demás diálogos desarrollan.
¿De qué se acusaba a Sócrates?
De dos cosas (24b): no creer en los dioses de la ciudad e introducir divinidades nuevas, y corromper a los jóvenes. Los acusadores formales fueron Meleto, un poeta joven; Ánito, un político influyente de la democracia restaurada; y Licón, un orador.
Pero Sócrates advierte, al comenzar, que los acusadores de verdad son otros: la vieja calumnia, la fama que le persigue desde hace décadas de ser “un sabio que investiga las cosas del cielo y de bajo tierra y hace más fuerte el argumento más débil” (18b) — es decir, de ser uno de los sofistas. Aristófanes lo había pintado así en Las nubes. Contra esa imagen, dice, no hay defensa posible, porque no hay a quién interrogar.
La estructura del discurso
1. La defensa (17a–35d). Sócrates cuenta el origen de su mala fama: el oráculo de Delfos dijo que nadie era más sabio que él, y él, que no se creía sabio en nada, se dedicó a buscar a alguien que lo fuera para refutar al dios. Interrogó a políticos, poetas y artesanos, y descubrió que todos creían saber lo que no sabían. Conclusión (21d): él es más sabio solo en esto — no cree saber lo que no sabe. Esa búsqueda le ganó enemigos, y una misión: examinar a los atenienses es el servicio que el dios le encomendó. Interroga a Meleto y lo deja en contradicciones. Y anuncia que no dejará de filosofar aunque lo absuelvan con esa condición (29d): obedecerá al dios antes que a ellos.
2. La propuesta de pena (35e–38b). Condenado por 280 votos contra 220, debe proponer una pena alternativa a la muerte. Propone — provocación deliberada — que la ciudad lo alimente gratis en el Pritaneo, como a los campeones olímpicos, porque eso es lo que merece (36d). Al final ofrece una multa que sus amigos pagarían. El jurado, ofendido, vota la muerte por mayor margen que la culpa.
3. Las últimas palabras (38c–42a). A los que lo condenaron: la muerte lo alcanza a él, pero la maldad los alcanzará a ellos, y otros vendrán a examinarlos. A los que lo absolvieron: la muerte no puede ser un mal — o es un sueño sin sueños, o un viaje al lugar donde están todos los muertos, y allí seguirá preguntando. Y la despedida (42a):
Es hora de irnos: yo a morir, vosotros a vivir. Quién de nosotros va a mejor destino, nadie lo sabe salvo el dios.
Apología 42a · traducción propia
Los argumentos que hay que llevarse
La sabiduría es saber que no se sabe. No es escepticismo: es el diagnóstico de la doble ignorancia — no saber y creer que se sabe — y el punto de partida de todo el método socrático, la mayéutica.
Una vida sin examen no merece ser vivida (38a). Dicha por un hombre al que le ofrecen la vida a cambio del silencio. No es una frase de autoayuda: es el precio que está dispuesto a pagar.
Es peor cometer injusticia que padecerla. Sócrates recuerda (32c) que bajo los Treinta Tiranos se negó a participar en un arresto ilegal, y bajo la democracia se negó a juzgar ilegalmente a los generales de las Arginusas. La coherencia es la prueba: ha desobedecido a los dos regímenes cuando le pidieron lo injusto.
El “tábano” (30e). Sócrates se compara con un tábano que pica a un caballo grande y perezoso — la ciudad — para mantenerlo despierto. Matarlo será fácil; encontrar otro, no.
¿Qué pasó después?
Sócrates rechazó la fuga que le organizaron sus amigos (es el tema del Critón) y bebió la cicuta un mes más tarde, entre sus discípulos, conversando sobre la inmortalidad del alma (es el tema del Fedón — lo que Platón pensaba de la muerte sale de ahí). Platón, que estaba en el juicio pero no en la ejecución, tenía veintiocho años. Toda su obra posterior puede leerse como la respuesta a la pregunta que la Apología deja abierta: qué clase de ciudad mata a su mejor hombre, y cómo habría que construir una que no lo hiciera.
¿Es histórica la Apología?
Parcialmente. Platón estaba presente y escribió pocos años después, cuando cientos de jueces vivos podían desmentirlo; el marco y el tono son creíbles. Pero es un discurso compuesto, no una transcripción, y Jenofonte dejó otra Apología con diferencias. Lo seguro es que Sócrates no se defendió como un acusado sino como un maestro — y que esa decisión, más que los cargos, lo mató.