Plato IntelligenceEssays on Plato

En español

El mito del carro alado: el auriga y los dos caballos

Auriga guiando un carro tirado por un caballo blanco y uno negro entre nubes

En resumen. Un auriga, un caballo blanco y uno negro. Qué significa el mito del carro alado del Fedro, cómo representa las tres partes del alma y por qué el caballo malo es imprescindible.

El mito del carro alado es la imagen que Platón usa en el Fedro (246a–254e) para explicar cómo está hecha el alma. La comparación es explícita: el alma se parece a “la fuerza conjunta de un tiro de caballos alados y su auriga” (246a). Un conductor y dos caballos, uno blanco y otro negro, que tiran en direcciones distintas.

Es la versión mitológica de una tesis que Platón argumenta en frío en la República: que el alma tiene tres partes y que la vida moral es lo que pasa entre ellas.

Las tres piezas

  • El auriga es la razón (logistikón): la parte que delibera, calcula y sabe hacia dónde conviene ir. No tiene fuerza propia — no tira del carro. Solo dirige.
  • El caballo blanco es el ánimo o parte irascible (thymoeidés): “amigo de la honra, con templanza y pudor”, obedece a la voz sin necesidad de látigo (253d). Es el aliado natural de la razón: la indignación, la vergüenza, el amor propio bien orientado.
  • El caballo negro es el apetito (epithymetikón): “compañero de la insolencia”, sordo, torcido, y solo a golpes obedece (253e). Es el hambre, la sed, el deseo sexual, la codicia — la parte apetitiva del alma.

En los dioses, dice Platón, los dos caballos son buenos y el tiro va derecho. En nosotros uno es bueno y el otro no, “y por eso conducir se nos hace necesariamente difícil y penoso” (246b). Toda la ética platónica cabe en esa frase.

El vuelo y la caída

El mito continúa con una cosmología. Las almas siguen a los dioses en procesión hasta la cima del cielo, y allí, asomadas al borde exterior, contemplan lo que hay fuera: la llanura de la verdad, donde están la Justicia en sí, la Templanza en sí y el Conocimiento verdadero (247c–e). Es una visión directa de las Ideas, sin intermediarios.

Pero el caballo negro tira hacia abajo. Las almas humanas ven poco, chocan entre sí, se rompen las alas y caen al mundo sensible, donde encarnan en cuerpos. Cuánto alcanzó a ver cada una determina en qué vida nace: la que más vio será filósofo o amante de la belleza; la que menos, tirano (248c–e). El alma tarda diez mil años en recuperar las alas — salvo el filósofo, que puede hacerlo en tres mil.

De ahí sale la anamnesis: si el alma vio las Ideas antes de nacer, aprender es recordar. Y de ahí sale también la explicación platónica de la emoción estética. Lo bello es lo único inteligible que tiene copia visible en este mundo, y por eso ver algo bello duele: son las alas empezando a crecer otra vez (251b–c).

El caballo negro y el enamoramiento

La escena más viva del diálogo es lo que ocurre cuando el tiro se cruza con una persona bella (253e–254e). El caballo negro se lanza; el auriga tira de las riendas hasta hacerle sangrar la boca; el caballo blanco se avergüenza y frena. La lucha se repite hasta que el caballo malo, “empapado en sudor”, cede.

Dos cosas hay que notar aquí, porque casi siempre se malinterpretan:

  1. El caballo negro no se elimina. Se doma. Un carro con un solo caballo no va a ninguna parte: el apetito es la fuerza motriz sin la cual el alma no se mueve. Platón pide gobierno, no amputación.
  2. El deseo es lo que inicia el ascenso. El enamoramiento no es un obstáculo para la filosofía: es su desencadenante. El Fedro llama al amor “locura divina” y la considera un don superior a la cordura (244a, 265b). Es la misma tesis que la escala del Banquete, y la razón por la que el “amor platónico” está tan mal entendido.

Por qué dos caballos y no uno

La pregunta razonable es por qué el alma necesita tres partes y no dos —razón contra deseo, que sería lo intuitivo. Platón responde en la República con un ejemplo desagradable y eficaz: Leoncio, que pasa junto a unos cadáveres, quiere mirarlos y se odia por quererlo, hasta que abre los ojos gritándose “ahí tenéis, malditos” (439e–440a). La cólera contra el propio deseo no puede ser el deseo, y tampoco es un cálculo racional: es una tercera cosa.

El ánimo es esa tercera cosa. Suele aliarse con la razón —“como el perro con el pastor”, 441a— pero puede corromperse, y entonces el hombre solo persigue honores. Cada desequilibrio produce un tipo humano distinto, y de ahí sale toda la tipología política del libro VIII.

Qué queda del mito

La imagen ha sobrevivido a la metafísica que la sostenía. La estructura básica —un sistema deliberativo lento sin fuerza propia y dos sistemas motivacionales rápidos que sí la tienen— reaparece en Freud (yo, ello y superyó, con el yo como jinete de un caballo, imagen que Freud toma casi literalmente), en la psicología dual contemporánea y en cualquier descripción decente del autocontrol. También reaparece la advertencia platónica: quien trata el caballo negro como enemigo a destruir acaba con un carro parado.

En una frase

El mito del carro alado dice que somos un conductor sin fuerza y dos caballos con fuerza y sin criterio — y que vivir bien no es librarse del caballo difícil, sino aprender a conducirlo.