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Sócrates: biografía del filósofo que no escribió nada

Sócrates sentado en un banco de piedra junto a un mazo y un cincel de cantero, con la Acrópolis al fondo

En resumen. Cantero, hoplita, marido de Jantipa y el hombre más incómodo de Atenas. Biografía de Sócrates: qué sabemos con certeza, qué depende de Platón y por qué lo condenaron a muerte.

Sócrates (Atenas, c. 470 – 399 a.C.) es el filósofo más influyente de la historia occidental y el que menos material dejó: ni una línea escrita. Fue hijo de un cantero y de una partera, sirvió como soldado de infantería en tres campañas, se casó con Jantipa, tuvo tres hijos, pasó la vida interrogando a sus conciudadanos en la plaza, y a los setenta años fue juzgado por impiedad y corrupción de la juventud, condenado y ejecutado con cicuta.

Todo lo demás — sus ideas, su carácter, sus palabras — llega filtrado por otros. Ese es el llamado problema socrático, y conviene tenerlo delante antes que cualquier dato.

Lo que sabemos y cómo lo sabemos

Cuatro fuentes contemporáneas o casi, y ninguna neutral:

  • Platón, su discípulo, que lo convirtió en el protagonista de casi todos sus diálogos. Es la fuente más rica y la menos fiable como retrato: en los diálogos tardíos el personaje “Sócrates” defiende doctrinas que casi con certeza son de Platón.
  • Jenofonte, también discípulo, militar y hombre práctico. Su Sócrates es más prudente, más convencional y bastante menos interesante — lo que para muchos historiadores lo vuelve más creíble.
  • Aristófanes, que lo puso en escena en Las nubes (423 a.C.) como un charlatán colgado en una cesta que estudia las nubes y enseña a no pagar deudas. Es una caricatura hostil, pero prueba que Sócrates era ya un personaje público reconocible veinticuatro años antes del juicio. El propio Sócrates culpa a esa obra de haber creado el prejuicio que acabó matándolo (Apología 18b–19c).
  • Aristóteles, que no lo conoció, pero que atribuye a Sócrates dos aportaciones concretas: los razonamientos inductivos y la definición universal.

Cuando las cuatro coinciden, el dato es sólido. Cuando solo lo dice Platón, es literatura hasta que se demuestre lo contrario.

Origen, oficio y aspecto

Nació en el demo de Alopece hacia el 470 a.C. Su padre, Sofronisco, era cantero o escultor; su madre, Fenáreta, partera — un oficio que Sócrates convertiría en la metáfora central de su método, la mayéutica (Teeteto 149a). Es probable que ejerciera el oficio paterno de joven, aunque la tradición que le atribuye las Gracias de la Acrópolis es dudosa.

Su físico era notorio y él bromeaba con ello: bajo, barrigudo, ojos saltones, nariz chata como un sátiro. Alcibíades lo compara con un sileno de juguetería, feo por fuera y con figuras de oro dentro (Banquete 215a–b). La fealdad importa porque en Atenas se presuponía que lo bello y lo bueno iban juntos; Sócrates era la refutación andante de esa ecuación.

El soldado

Un detalle que casi siempre se omite: Sócrates fue hoplita y buen soldado. Combatió en Potidea (432 a.C.), donde según Alcibíades le salvó la vida y cedió el premio al valor (Banquete 220d–e); en Delio (424 a.C.), donde cubrió una retirada con una sangre fría que Laques recordaba con admiración; y en Anfípolis (422 a.C.). En Potidea aguantó descalzo sobre el hielo y pasó una noche entera de pie, inmóvil, pensando (Banquete 220c). El filósofo de la plaza tenía cuarenta años de servicio militar detrás.

El método y la misión

El giro biográfico decisivo es el oráculo de Delfos. Un amigo suyo, Querefonte, preguntó a la pitia si había alguien más sabio que Sócrates, y la respuesta fue que no (Apología 21a). Sócrates, convencido de no saber nada, dedicó años a refutar al dios: interrogó a políticos, poetas y artesanos, y descubrió que todos creían saber lo que no sabían. Su conclusión —que su única superioridad consistía en no engañarse sobre su ignorancia— convirtió el interrogatorio en misión religiosa.

De ahí salen los rasgos que lo definen: la ironía, el élenchos (la refutación paso a paso), la insistencia en definiciones — ¿qué es la justicia?, ¿qué es el valor? — y la tesis de que nadie obra mal a sabiendas, porque conocer el bien y hacerlo son la misma cosa. También le salieron enemigos: había humillado en público a buena parte de la clase dirigente ateniense.

La política que no hizo

Sócrates evitó los cargos, y explicó por qué: quien se enfrenta de verdad a la multitud no sobrevive en la vida pública (Apología 31c–32a). Aun así se cruzó dos veces con el poder, y las dos veces se negó a obedecer:

  • Como pritano en el juicio a los generales de las Arginusas (406 a.C.), fue el único que se opuso a juzgarlos en bloque, cosa ilegal, con la asamblea gritando.
  • Bajo los Treinta Tiranos (404 a.C.) recibió la orden de detener a León de Salamina para ejecutarlo, y sencillamente se fue a su casa.

Ese historial complica el relato de “la democracia mató a Sócrates”: desobedeció tanto a la democracia como a la oligarquía. Lo que lo condenó fue algo más incómodo — sus alumnos. Critias, el peor de los Treinta, y Alcibíades, el traidor de la guerra, habían sido de su círculo.

El juicio y la muerte

En 399 a.C., con la democracia recién restaurada y una amnistía que impedía juzgar delitos políticos, tres ciudadanos —Ánito, Meleto y Licón— lo acusaron de no reconocer a los dioses de la ciudad, introducir divinidades nuevas y corromper a la juventud (Apología 24b). El jurado de 500 ciudadanos lo declaró culpable por un margen estrecho.

En la fase de la pena, Sócrates empeoró deliberadamente su situación: propuso, como castigo merecido, ser mantenido a costa pública en el Pritaneo como los campeones olímpicos. El jurado votó la muerte por un margen mucho mayor. Su respuesta fue la frase que resume su vida: “una vida sin examen no merece ser vivida” (Apología 38a).

Rechazó la fuga que Critón le organizó y bebió la cicuta un mes después, retrasado por la nave sagrada de Delos. Sus últimas palabras, según el Fedón (118a), fueron un encargo doméstico: “Critón, le debemos un gallo a Asclepio”. Los detalles serenos de esa escena son casi con seguridad una construcción literaria de Platón — la cicuta real mata peor.

Por qué sigue importando

Sócrates no fundó una escuela, no dejó doctrina y no escribió. Lo que dejó fue un procedimiento: preguntar hasta que la seguridad se rompa, y tratar la refutación como un regalo. De él salen, por vías distintas, el platonismo, el cinismo, el estoicismo y el escepticismo académico — y de él sale su discípulo más importante, que dedicó cincuenta años a poner por escrito a un hombre que se negó a hacerlo.

En una frase

Sócrates fue un cantero, un soldado y un pesado profesional que convirtió la pregunta en método, no escribió nada para no fijarlo, y murió a manos de una ciudad que no soportaba que le demostraran, en público, que no sabía de qué hablaba.