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La muerte según Platón: qué es y por qué el filósofo no la teme

Escultura clásica que evoca la muerte de Sócrates y el Fedón de Platón

En resumen. Para Platón la muerte es la separación del alma y el cuerpo, y filosofar es prepararse para ella. Los cuatro argumentos del Fedón sobre la inmortalidad del alma, explicados.

Para Platón, la muerte es una sola cosa dicha con precisión: la separación del alma y el cuerpo (Fedón 64c). El cuerpo se disuelve; el alma —lo que en nosotros razona, recuerda y conoce— no muere con él. De esa definición se sigue todo lo demás, incluida la tesis más citada del diálogo: que filosofar es prepararse para morir.

La escena en la que Platón despliega estas ideas es el Fedón, el diálogo que narra la última conversación de Sócrates, en su celda, el día en que bebió la cicuta. No es un detalle decorativo: el argumento y la escena se sostienen mutuamente. Sócrates no argumenta que la muerte no debe temerse desde un escritorio, sino a unas horas de la suya.

Filosofar es prepararse para morir

La afirmación aparece pronto (64a): quienes filosofan de verdad “no se ocupan de otra cosa que de morir y de estar muertos”. La frase escandaliza a los presentes, y Sócrates la explica sin misterio. Si conocer es obra del alma, y el cuerpo —con sus sentidos imprecisos, sus deseos y sus miedos— estorba constantemente ese trabajo, entonces el filósofo lleva toda la vida practicando lo mismo que la muerte consuma: apartar el alma del cuerpo (67e). La palabra griega es meléte thanátou, el ensayo o preparación de la muerte.

Por eso, concluye, sería ridículo que quien se ha entrenado toda la vida en soltar el cuerpo se aterrara justo cuando el cuerpo se suelta del todo.

Los cuatro argumentos del Fedón sobre la inmortalidad del alma

Que el alma sobreviva no se da por supuesto: los interlocutores de Sócrates, Simias y Cebes, lo obligan a argumentarlo, y el diálogo encadena cuatro pruebas.

  1. El argumento de los contrarios (70c–72e). Los contrarios nacen el uno del otro: lo más débil de lo más fuerte, el que duerme del que está despierto. Si morir viene de vivir, vivir debe también venir de morir —los vivos nacen de los muertos—, de modo que las almas existen tras la muerte para poder volver.
  2. El argumento de la reminiscencia (72e–77a). Conocemos cosas que los sentidos nunca nos mostraron —la igualdad perfecta, que ningún par de objetos iguala—. Aprender es entonces recordar lo que el alma conoció antes de nacer; y si el alma existía antes del cuerpo, no depende de él.
  3. El argumento de la afinidad (78b–80b). Lo compuesto se disgrega; lo simple e invisible, no. El cuerpo se parece a lo compuesto y mudable; el alma, a lo simple, invisible y siempre idéntico —las ideas—. Cada cosa corre la suerte de aquello a lo que se parece.
  4. El argumento final (102a–107a). El alma es lo que trae la vida a un cuerpo, como el fuego trae el calor. Y así como el fuego no admite el frío, el alma no admite su contrario, la muerte: es athánatos, inmortal, por definición de lo que es.

Platón conocía la fuerza desigual de estas pruebas: el propio diálogo hace que Simias y Cebes derriben las primeras versiones y obliguen a Sócrates a mejorarlas. El Fedón es tanto una lección sobre la inmortalidad como una lección sobre cómo se examina un argumento.

“O un sueño sin sueños, o una mudanza”: la otra respuesta

Años antes, en la Apología —el discurso de Sócrates ante el tribunal que lo condenó—, Platón pone en su boca una respuesta más sobria y quizá más citada (40c–41d): la muerte es una de dos cosas. O es no ser nada, sin sensación alguna —y entonces se parece a una noche de sueño sin sueños, que no es una pérdida—, o es una mudanza del alma a otro lugar, donde esperan los que murieron antes. En ninguno de los dos casos es un mal.

Las dos respuestas no se contradicen: la Apología argumenta que la muerte no debe temerse aun sin saber qué es; el Fedón se compromete con la segunda alternativa y la defiende. Juntas muestran el orden del pensamiento de Platón: primero disolver el miedo, después construir la doctrina.

La muerte de Sócrates: la doctrina hecha escena

El final del Fedón (115c–118a) es una de las páginas más célebres de la literatura griega. Critón pregunta cómo quieren que lo entierren, y Sócrates responde riendo: “Como queráis… si es que me atrapáis”. El error de Critón es la lección entera del diálogo: confundir a Sócrates con el cuerpo que va a quedar. Lo que beberá la cicuta no es Sócrates; Sócrates —su alma— ya estará en otra parte.

Bebe el veneno con calma, camina hasta que las piernas le pesan, y muere entre amigos, sin dramatismo, exactamente como había argumentado que muere un filósofo. Para el detalle de la escena y las últimas palabras —el gallo debido a Asclepio—, el sitio tiene un ensayo dedicado a la muerte de Sócrates.

No cualquier supervivencia: el destino depende de la vida vivida

En Platón la inmortalidad no es un consuelo indiscriminado. El alma que se apegó al cuerpo —a sus placeres, a sus apetitos— no se libera limpiamente de él (81b–e): queda lastrada, dice el mito final del diálogo, y su destino responde a lo que fue. La inmortalidad platónica es una responsabilidad antes que un premio: si el alma no muere, el descuido del alma es el único daño verdaderamente irreparable. Es la misma idea que cierra la República con el mito de Er, donde la elección de la próxima vida depende de lo aprendido en esta.

Qué queda de todo esto

Se puede no aceptar ninguno de los cuatro argumentos —pocos filósofos actuales los aceptan tal cual— y aun así reconocer lo que el Fedón fija para siempre: la pregunta por la muerte es la pregunta por qué somos. Si somos solo cuerpo, la muerte es un final y el miedo tiene su lógica; si hay en nosotros algo que el cuerpo no explica, la muerte cambia de naturaleza. Platón respondió lo segundo y extrajo la consecuencia con una coherencia que sigue impresionando: vivió la filosofía como un largo ensayo de morir bien, y su maestro la firmó con la escena de su propia muerte.


Nota sobre las citas: las traducciones y paráfrasis del Fedón y la Apología son propias, no proceden de una edición publicada. Para citar en un trabajo académico conviene remitirse a una edición crítica —en español, la de Editorial Gredos— usando la numeración Stephanus (64a, 118a), que es la misma en todas las ediciones.