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El estado ideal según Platón: cómo es y por qué lo diseñó así

En resumen. El estado ideal según Platón es una ciudad de tres clases —gobernantes filósofos, guardianes y productores— donde la justicia es que cada uno haga lo suyo. Así lo argumenta la República.

El estado ideal según Platón es una ciudad organizada en tres clases —los gobernantes filósofos, los guardianes que la defienden y los productores que la sostienen—, donde la justicia consiste en que cada clase haga lo suyo y ninguna invada la función de las otras (433a). Platón la describe en la República, y conviene decir desde el principio para qué la describe: la ciudad no se diseña por sí misma, sino como una imagen ampliada del alma. Buscamos la justicia en la ciudad, dice Sócrates, porque es más fácil leer letras grandes que pequeñas (368d).

Por qué existe la ciudad: nadie se basta a sí mismo

La ciudad nace, argumenta Platón, porque ninguno de nosotros es autosuficiente (369b). Uno cultiva, otro construye, otro teje, y todos viven mejor si cada uno hace aquello para lo que tiene aptitud en lugar de hacerlo todo a medias. Este principio —cada uno una sola tarea, la suya— parece una modesta observación económica, pero es la semilla de todo el diseño: la justicia de la ciudad entera será, al final, este mismo principio elevado a virtud.

Las tres clases y sus virtudes

De la especialización surgen tres funciones, y de las tres funciones, tres clases (428a–434c):

Clase Función Virtud propia Parte del alma que refleja
Gobernantes (filósofos) Deliberar y decidir Sabiduría La razón
Guardianes (auxiliares) Defender y hacer cumplir Valentía El ánimo
Productores (labradores, artesanos, comerciantes) Sostener la vida material El apetito

Dos virtudes más pertenecen a la ciudad entera. La templanza es el acuerdo de las tres clases sobre quién debe gobernar —no la obediencia impuesta, sino el consentimiento—. Y la justicia es lo que queda cuando las otras tres existen: que cada uno haga lo suyo. El paralelo con el alma tripartita es exacto y deliberado: la ciudad justa y el alma justa tienen la misma estructura.

Los reyes filósofos: la tesis más escandalosa

La República guarda su propuesta central para el libro V, y Platón la presenta como una ola que ahogará de risa a quien la pronuncie (473c):

A menos que los filósofos reinen en las ciudades, o los que ahora se llaman reyes filosofen […], no habrá descanso de los males para las ciudades ni para el género humano.

República 473c-d · traducción propia

El razonamiento es menos extravagante que la conclusión. Gobernar es decidir sobre lo justo y lo bueno; decidir bien exige conocer lo justo y lo bueno; y quien conoce —no opina, conoce— es por definición el filósofo, el que ha salido de la caverna y ha visto la idea del Bien. Entregar el poder a quien no conoce es, para Platón, tan absurdo como elegir al piloto del barco por votación de los pasajeros (488a–489a, la famosa imagen de la nave).

El detalle que suele omitirse: los filósofos de Platón no quieren gobernar, y precisamente por eso son los únicos a quienes puede confiárseles el poder (520d). Gobiernan por deber, como quien baja de nuevo a la caverna, no por apetito de mando.

Lo que Platón les quita a los gobernantes: propiedad y familia

Para las dos clases superiores —no para los productores— Platón prescribe algo inaudito: sin propiedad privada y sin familia propia (416d–417a). Los guardianes viven en común, comen en común, no tocan el oro ni la plata; sus hijos se crían en común. La razón es profiláctica: la propiedad y el linaje son las dos fuentes del interés particular, y el interés particular es lo que convierte a los guardianes de perros del rebaño en lobos. Quien gobierna no debe tener nada propio que defender, para que solo le quede lo común.

En el mismo gesto, Platón sostiene —contra toda la práctica griega— que las mujeres con aptitud de guardián deben recibir la misma educación y las mismas funciones que los hombres, incluido el gobierno (455d–456a): la diferencia de sexo, argumenta, no es más relevante para gobernar que la diferencia entre calvos y melenudos.

La mentira noble y la educación

La cohesión de la ciudad descansa en un relato fundacional que Platón llama abiertamente una mentira: el mito de los metales (414b–415c). Todos los ciudadanos son hermanos nacidos de la misma tierra, pero el dios mezcló oro en unos, plata en otros, bronce y hierro en los demás —y las clases responden al metal, no a la cuna: hijos de bronce pueden nacer de padres de oro, y viceversa—. Platón sabe exactamente lo que propone y lo discute sin eufemismos; el pasaje sigue siendo el punto donde más lectores se bajan del barco.

El instrumento real del diseño, en todo caso, no es el mito sino la educación: la mayor parte de la República no describe instituciones sino la formación —música, gimnasia, matemáticas, dialéctica— que produce las almas capaces de sostenerlas.

¿Creía Platón que su ciudad era posible?

El propio texto responde con una reserva que suele sorprender. Al final del libro IX, Glaucón objeta que esa ciudad no existe en ninguna parte, y Sócrates concede que quizá no importe (592b): existe como un modelo en el cielo para quien quiera mirarlo y fundar, con esa vista, una ciudad en sí mismo. La República termina donde empezó: en el alma. Y en sus dos últimas obras políticas —el Político y las Leyes— el propio Platón rebajó el diseño hacia algo más practicable, con leyes en lugar de sabios infalibles.

La crítica moderna —de Aristóteles, que objetó la comunidad de familia, a Karl Popper, que leyó la ciudad como el plano del totalitarismo— es parte inseparable del tema; el sitio la trata en el ensayo sobre la libertad según Platón. Pero conviene juzgar el diseño por lo que pretende ser: no un programa electoral, sino la respuesta a una sola pregunta llevada hasta el final —¿cómo sería una comunidad si la gobernara el conocimiento y no el deseo?—. Todo lo demás, admirable o inquietante, se sigue de ahí.


Nota sobre las citas: las traducciones de la República son propias, no proceden de una edición publicada. Para citar en un trabajo académico conviene remitirse a una edición crítica —en español, la de Editorial Gredos— usando la numeración Stephanus (473c, 592b), que es la misma en todas las ediciones.