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Los sofistas: quiénes fueron y por qué Platón los combatió

En resumen. Los sofistas fueron maestros itinerantes de la Grecia del siglo V a. C. que enseñaban retórica y virtud a cambio de dinero. Quiénes fueron —Protágoras, Gorgias, Trasímaco—, qué defendían y por qué Platón dedicó media obra a refutarlos.

Los sofistas fueron los primeros profesores profesionales de Europa: maestros itinerantes que, en la Atenas del siglo V a. C., enseñaban a hablar en público, a argumentar y a triunfar en la vida política — a cambio de dinero. La palabra griega, sophistḗs, significaba simplemente “experto” o “sabio”. Que hoy signifique “el que engaña con argumentos” es, en buena medida, obra de Platón, que dedicó media docena de diálogos a combatirlos y ganó la batalla por el vocabulario.

Conviene separar las dos cosas: quiénes fueron de verdad, y qué hizo Platón con ellos.

¿Quiénes fueron los sofistas?

No eran una escuela sino una profesión. Los más célebres:

  • Protágoras de Abdera (c. 490–420 a. C.), el más respetado. Autor de la frase “el hombre es la medida de todas las cosas” (citada en Teeteto 152a): lo que a cada uno le parece, para ese uno es. Enseñaba, según el diálogo que lleva su nombre, “el buen consejo en los asuntos propios y en los de la ciudad” (Protágoras 318e) — es decir, virtud cívica.
  • Gorgias de Leontinos (c. 485–380 a. C.), el maestro de la retórica. Sostenía que la persuasión es el arte supremo, porque quien persuade manda sobre los que saben (Gorgias 452e), y escribió una demostración en tres pasos de que nada existe, y si existiera no podría conocerse, y si se conociera no podría comunicarse.
  • Trasímaco de Calcedonia, que en el libro I de la República (338c) define la justicia como “lo que conviene al más fuerte”: las leyes las hacen los que mandan, en su propio beneficio.
  • Hipias de Élide, polímata, y Pródico de Ceos, especialista en distinguir sinónimos — el primer lexicógrafo.

Lo que tenían en común: cobraban, viajaban, prometían enseñar la aretḗ (la excelencia) y enseñaban, sobre todo, a ganar discusiones. En una democracia donde todo se decidía hablando en la asamblea y en los tribunales, era la habilidad más valiosa que existía.

¿Qué defendían?

Detrás del oficio había ideas, y algunas de las más influyentes de la historia:

Relativismo. Si el hombre es la medida, no hay verdad absoluta: hay lo que parece a cada cual y a cada ciudad. La justicia de Atenas no es la de Esparta; ninguna es “la” justicia.

Convención frente a naturaleza. Los sofistas inauguraron el debate nómos / phýsis: ¿las leyes y la moral son naturales o son acuerdos humanos que podrían ser de otro modo? Casi todos respondieron que acuerdos — y algunos, como Calicles en el Gorgias, sacaron la conclusión de que la ley es una conspiración de los débiles contra los fuertes.

La retórica como poder. Si no hay verdad que descubrir, lo que queda es convencer. El argumento que gana es el bueno.

¿Por qué los combatió Platón?

Porque su maestro murió por culpa de la confusión. En la Apología (19e), Sócrates se esfuerza en explicar al jurado que él no es un sofista: no cobra, no promete enseñar nada, no sabe. Pero Atenas no distinguía: un hombre que hacía preguntas incómodas en la plaza era, para la opinión pública, uno más de aquellos charlatanes. Aristófanes lo había retratado así en Las nubes veinte años antes. Sócrates fue condenado en parte por ser confundido con lo que más despreciaba.

Platón dedicó su obra a hacer visible la diferencia, y la diferencia es exactamente la que hay entre la mayéutica y la retórica:

  • El sofista quiere ganar; Sócrates quiere saber. Perder una discusión, para el segundo, es ganar conocimiento.
  • El sofista enseña que la verdad es opinión; Sócrates parte de que no sabe — pero de que hay algo que saber.
  • El sofista cobra por enseñar la virtud; Sócrates sostiene que la virtud no se vende porque no es una técnica sino un modo de vida.

El diálogo Sofista lo remata con una definición famosa: el sofista es un “cazador interesado de jóvenes ricos” y un “fabricante de imágenes” que produce apariencias de saber (231d). La teoría de las Ideas es, vista desde aquí, la respuesta filosófica al relativismo de Protágoras: si hay Ideas, hay una medida que no es el hombre.

Lo que Platón no dice

Los sofistas tienen mejor prensa entre los historiadores que entre los filósofos. Fueron los primeros en pensar que la virtud se enseña — la premisa de toda educación pública. Los primeros en estudiar el lenguaje como objeto. Los primeros en sospechar que la moral es humana y no divina, una idea que tardaría dos mil años en volver. Y Protágoras, al menos, fue un demócrata sincero: si todos pueden aprender la virtud cívica, todos pueden gobernar.

Platón, aristócrata y enemigo de la democracia, tenía razones políticas además de filosóficas para enterrarlos. Leerlos hoy, sin su abogado de la acusación, es más interesante de lo que él quiso que fuera.

En una frase

Los sofistas enseñaron a Atenas a persuadir y a dudar de que hubiera verdades; Platón les respondió con un maestro que no cobraba, un método que buscaba en vez de vencer, y un mundo de Ideas que devolvía a la verdad su medida — y de paso convirtió su nombre en un insulto.