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Virtudes cardinales: las cuatro virtudes de Platón

Cuatro figuras femeninas en un nicho clásico con un espejo, una lanza y escudo, dos vasijas y una balanza

En resumen. Prudencia, fortaleza, templanza y justicia. De dónde salen las cuatro virtudes cardinales, qué significaban en la República de Platón y cómo el cristianismo las heredó y las cambió.

Las cuatro virtudes cardinales son la prudencia (sabiduría), la fortaleza (valor), la templanza y la justicia. El adjetivo “cardinal” viene del latín cardo, “quicio” o “gozne”: son las virtudes sobre las que gira todo lo demás. Pero el nombre es medieval; la lista es de Platón, y aparece por primera vez en el libro IV de la República (427e).

Su origen es lo que casi siempre se omite: no son cuatro virtudes elegidas por ser las más importantes. Son cuatro porque la ciudad de Platón tiene tres clases y el alma tres partes, y el esquema pide exactamente ese número.

De dónde salen las cuatro

En el libro IV, Sócrates ha terminado de fundar la ciudad y propone un método curioso para encontrar la justicia: si la ciudad es completamente buena, tendrá las cuatro virtudes; si identificamos tres, la que quede será la justicia (427e–428a). El razonamiento por descarte funciona así:

  • Sabiduría (sophía): reside en la clase gobernante, la más pequeña. Una ciudad es sabia por el saber de los pocos que deliberan sobre el conjunto (428b–d).
  • Valor (andreía): reside en los guardianes. Es “la conservación de la opinión recta sobre lo temible” — mantener bajo presión el juicio que la educación grabó, como la lana teñida conserva el color en la colada (429c–430b).
  • Templanza (sophrosýne): a diferencia de las dos anteriores, no está en una clase sino que atraviesa todas. Es el acuerdo sobre quién debe mandar: una armonía, no una virtud sectorial (430e–432a).
  • Justicia (dikaiosýne): lo que queda. Y resulta ser lo que estaba delante desde el principio — que cada uno haga lo suyo y no se entrometa en lo ajeno (432b–434c).

Las mismas cuatro en el alma

El paso siguiente es el que da valor filosófico al esquema. Si la ciudad tiene tres clases, el alma tiene tres partes —razón, ánimo y apetito— y Platón lo demuestra con el principio de no contradicción: quien tiene sed y a la vez se contiene de beber tiene dentro dos cosas distintas, una que empuja y otra que frena (439b–d). Es el argumento que ilustra el mito del carro alado.

Trasladadas al individuo, las cuatro virtudes quedan así:

Virtud Parte del alma En qué consiste
Prudencia Razón Saber qué conviene al conjunto
Fortaleza Ánimo Sostener el juicio de la razón bajo presión
Templanza Las tres a la vez Acuerdo sobre quién manda
Justicia Las tres a la vez Que cada parte haga lo suyo

La justicia deja entonces de ser una lista de conductas debidas y pasa a ser un estado interno: la salud del alma, su orden correcto. Platón lo dice sin rodeos — la injusticia es a la psique lo que la enfermedad al cuerpo (444d–e). Por eso puede sostener que al hombre justo le conviene ser justo aunque nadie lo sepa, que era exactamente lo que Glaucón le había pedido demostrar.

Prudencia no es prudencia

Tres advertencias de traducción, porque las cuatro palabras han cambiado de sentido:

  • Sophía / prudencia. El término latino prudentia traduce en realidad la phrónesis aristotélica, la sabiduría práctica. En Platón es saber, no cautela. Una persona “prudente” hoy es alguien que no corre riesgos; el prudente platónico es quien sabe qué es bueno.
  • Andreía / fortaleza. Literalmente “hombría”, del valor en combate. Platón la intelectualiza: no es no tener miedo, es no cambiar de opinión sobre lo que merece temerse.
  • Sophrosýne / templanza. La peor traducción de las cuatro. No es abstinencia ni moderación en el comer: es autodominio, sensatez, saber cuál es la propia medida — está emparentada con conócete a ti mismo y con el control de la parte apetitiva.

Cómo llegaron al cristianismo

El recorrido explica por qué hoy la mayoría de las búsquedas sobre “virtudes cardinales” terminan en catecismos y no en Platón:

  1. Platón las formula en la República y las repite en las Leyes (631c), donde la sabiduría encabeza los “bienes divinos”.
  2. Los estoicos las adoptan como esquema completo de la virtud y las difunden por todo el mundo helenístico. Cicerón las traduce al latín en De officiis y fija los nombres que usamos.
  3. San Ambrosio (siglo IV) es el primero en llamarlas cardinales, y San Agustín —lector de Plotino— las reinterpreta como cuatro formas del amor a Dios.
  4. Santo Tomás de Aquino las integra en la Summa junto a las tres virtudes teologales —fe, esperanza y caridad—, que no son griegas sino paulinas. Cuatro más tres, siete.

En esa cadena el esquema pierde su justificación original. Para Platón las virtudes son cuatro porque el alma tiene tres partes; para Tomás son cuatro porque la tradición las recibió así. La lista sobrevive; el argumento que la producía, no.

Qué queda en pie

La objeción evidente es que el esquema depende por completo de la analogía entre ciudad y alma, y esa analogía es discutible: no está claro que una ciudad tenga partes en el mismo sentido en que las tiene una persona. Aristóteles ya prefirió una lista abierta de virtudes definidas como término medio, y la ética contemporánea de la virtud sigue más a Aristóteles que a Platón.

Lo que sí ha resistido es la idea de fondo: que las virtudes no son conductas sueltas sino un orden, que fallan en bloque, y que una persona valiente sin juicio o sabia sin autodominio no es medio virtuosa — es otra cosa.

En una frase

Las cuatro virtudes cardinales son la respuesta de Platón a cómo se organiza un alma bien gobernada — prudencia para saber, fortaleza para sostener, templanza para acordar y justicia como el orden que resulta de las tres.