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Dualismo platónico: cuerpo y alma en la filosofía de Platón

Un hombre sentado y cabizbajo mientras una figura translúcida idéntica se levanta y camina hacia la luz de una puerta abierta

En resumen. Para Platón el alma no está en el cuerpo como el agua en un vaso: está presa en él. Qué afirma el dualismo platónico, en qué se apoya y en qué se diferencia del de Descartes.

El dualismo platónico es la tesis de que el ser humano se compone de dos realidades de naturaleza distinta: un cuerpo material, perecedero y sensible, y un alma inmaterial, inmortal e inteligible. No están al mismo nivel. El alma es lo que somos de verdad; el cuerpo es donde estamos por ahora.

Platón lo dice con una imagen que no admite malentendidos: el cuerpo es la prisión del alma, y el juego de palabras griego lo refuerza — sôma (cuerpo) / sêma (tumba, señal), que atribuye a los órficos (Crátilo 400c, Gorgias 493a). Filosofar, en consecuencia, es “ejercitarse en morir” (Fedón 64a, 67d).

Los dos mundos primero, las dos sustancias después

El dualismo antropológico no es un punto de partida: es una consecuencia. Platón ya ha dividido la realidad en dos planos con la teoría de las ideas — lo sensible, que cambia y se percibe, y lo inteligible, que permanece y se piensa. Si existen dos órdenes de realidad, tiene que haber en nosotros algo capaz de acceder a cada uno.

Ese es el argumento de la afinidad (Fedón 78b–80b) y es el más elegante del corpus:

  • Lo compuesto se descompone; lo simple, no.
  • Lo visible cambia; lo invisible permanece igual.
  • El cuerpo es visible, compuesto y cambiante: se parece a lo sensible.
  • El alma es invisible, y cuando razona alcanza lo que no cambia: se parece a lo inteligible (79d).
  • Luego el alma es afín a lo divino, inmortal e indisoluble.

Platón mismo reconoce que el argumento establece semejanza, no identidad — Cebes y Simmias lo presionan en 85b y ss., y el propio Sócrates admite que la hipótesis necesita más apoyo (100c).

Por qué el cuerpo es un estorbo

El Fedón acumula la acusación en 65a–67b, y es más concreta de lo que suena:

  • Los sentidos engañan. Vista y oído no dan exactitud; el alma razona mejor cuando “se desprende del cuerpo lo más posible” (65c).
  • El cuerpo interrumpe. Enfermedades, hambre, deseos, miedos: “nos llena de amores, apetitos, temores y toda clase de fantasmas, de modo que nunca nos deja pensar nada de provecho” (66c).
  • Las guerras vienen de él. Todas se hacen por dinero, y el dinero hace falta por el cuerpo (66c). Es una observación política deslizada en un argumento metafísico.

De ahí la conclusión escandalosa que Sócrates pronuncia horas antes de beber la cicuta: el filósofo lleva toda la vida preparándose para esto, así que es absurdo que se queje ahora (67e). Es la razón por la que la muerte, en Platón, no es un mal.

La grieta: el alma tripartita

Aquí el sistema se tensa. Si el alma es simple e indivisible —lo que exige el argumento de la afinidad—, ¿cómo puede tener tres partes en conflicto, como sostiene la República? Un alma que lucha consigo misma no parece simple.

Platón lo advierte y ensaya dos salidas:

  1. La imagen de Glauco (República 611b–612a). El alma que observamos está tan incrustada de cuerpo como la estatua marina del dios Glauco lo está de conchas y algas. Su forma verdadera —simple— solo se vería limpia. Las partes bajas serían adherencias, no partes.
  2. La localización del Timeo (69c–72d). La parte inmortal está en la cabeza; el ánimo, en el pecho; el apetito, en el vientre, separado por el diafragma “como en un pesebre”. Aquí las partes mortales son creadas por dioses menores y perecen con el cuerpo.

Ninguna de las dos resuelve el problema del todo. Es la fisura más honesta del dualismo platónico, y la reconoce el propio Platón.

En qué se diferencia del dualismo de Descartes

Se confunden constantemente, y no son lo mismo:

  • El corte pasa por otro sitio. Descartes separa pensamiento y extensión: todo lo no consciente, incluida la vida vegetativa y animal, cae del lado del cuerpo-máquina. Platón separa lo inteligible de lo sensible, y su alma incluye funciones que Descartes daría al cuerpo — el hambre y la ira son partes del alma, no del organismo.
  • La dirección del interés. El dualismo cartesiano nace de un problema epistemológico (qué puedo saber con certeza). El platónico nace de uno moral y religioso: la inmortalidad, el juicio, la transmigración.
  • El destino. El alma platónica preexiste al cuerpo y renace en otros (Fedón 82a, mito de Er). El alma cartesiana es creada, individual y no transmigra.

Los dos comparten, eso sí, el mismo agujero: el problema de la interacción. Si son sustancias de naturaleza radicalmente distinta, ¿cómo se tocan? Descartes recurrió a la glándula pineal; Platón, a la ambigüedad del Timeo. Ninguno tiene respuesta.

La herencia

Este dualismo es, con diferencia, la idea platónica que más lejos ha llegado. Vía Plotino y la doctrina de las hipóstasis entra en el cristianismo, donde San Agustín lo fusiona con la fe en la resurrección — con un resultado incómodo, porque el cristianismo promete la resurrección del cuerpo, cosa que a un platónico le parecería una condena y no un premio. Esa tensión atraviesa toda la teología medieval y explica por qué Tomás de Aquino acabó prefiriendo a Aristóteles.

Hoy el dualismo de sustancias es una posición minoritaria en filosofía de la mente, pero sigue siendo la antropología implícita de casi todo el mundo: cuando alguien dice “mi cuerpo” como quien dice “mi coche”, está hablando en platónico sin saberlo.

En una frase

El dualismo platónico afirma que el alma y el cuerpo son dos cosas de distinta clase, que la primera vale infinitamente más que el segundo, y que la filosofía consiste en ir soltando las amarras — una idea que Occidente adoptó tan a fondo que hoy la confunde con el sentido común.